El trastorno de pánico se caracteríza por
el hecho de que la persona experimienta ataques de pánico.
Los ataques de pánico o crisis de angustia consisten en padecer repentinamente, y durante un período limitado de tiempo (en general unos minutos,
aunque en algunos casos puede durar hasta una hora), un miedo intenso acompañado de al menos cuatro de los siguientes
síntomas: palpitaciones o taquicardia, sudoración, temblores o estremecimientos, escalofríos, falta de aliento o sensación
de ahogo, sofocación, dolor o molestias en la zona del corazón, náuseas o molestias de estómago, mareo o sensación de
inestabilidad o de desmayo, visión borrosa, vértigos, sensación de irrealidad y despersonalización (parecer como si se
estuviera fuera del cuerpo), miedo a perder el control o a enloquecer (las personas, al notar esas sensaciones, pueden
creer que están sufriendo un infarto u otro problema médico), miedo a morir. En realidad, todas esas sensaciones, son
síntomas de ansiedad, y no serían peligrosas, en ese caso.
La Psicología cognitivo-conductual cuenta con un tratamiento muy eficaz y duradero para este trastorno. La medicación,
por sí sola, no sólo no suele ser efectiva, sino que, puede “maquillar” el trastorno durante un tiempo y, podría producirse
adicción a los psicofámacos o darse recaídas tras la retirada de éstos (según investigaciones realizadas y publicadas en la
literatura científica y según nuestra observación de la historia clínica de nuestros casos tratados). Por tanto, haya o no
medicación, se recomienda tratamiento psicológico cognitivo-conductual.
Por su parte, la agorafobia suele ir asociada al trastorno de pánico, aunque no siempre. Consiste en un miedo irracional a lugares, situaciones,
espacios abiertos o cerrados, multitudes, establecimientos comerciales, etc, por temor a padecer en ellas una crisis de
ansiedad o ataque de pánico y no ser socorrido o no poder escapar. Suele responder muy bien al tratamiento psicológico
cognitivo-conductual.